domingo, 13 de julio de 2008

La incomprendida


Ese día había caminado desde Independencia a Salvador. Sentía un deseo inexplicable de llorar. Hacía frío y este se calaba por los huesos, pero algo más le molestaba: no quería visitar a Antonio. Sería su risa, sus bromas tontas, la conversación por teléfono, los momentos de intimidad, su pésimo gusto por las películas o porque duerme con guatero. Hizo una pausa en sus pensamientos y ayudó a cruzar a Claudio, un ciego que todos los días durante 8 años - afuera de San Camilo - pide limosna: Hay que aprenderse las señales del camino – dijo.

Fernanda decidió ver una película, era gratis y no tenía nada que hacer. Apagó su celular y dejó caerse sobre el asiento. Alguien comía palomitas y ya no le molestaba. A Fernanda no le gusta celebrar su cumpleaños, y aunque lo ha padecido, es lo que ha elegido.

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